Frente a la pregunta acerca de si el docente debe participar de la actividad sindical, me pasa lo mismo que cuando al comienzo del año hablamos sobre la concepción de la palabra POLÍTICA. Por un lado, entiendo que la lucha de los sindicatos es lo que ha permitido avances significativos en la situación laboral en general y de los docentes en particular. Por el otro, la imagen pública de muchos sindicalistas se acerca más a la de Barrera en sus últimos años que a la de sus comienzos en la militancia sindical. Siento que muchas veces aquellos que tienen la oportunidad de representar a los trabajadores y luchar para mejorar sus condiciones laborales o hacer que se respeten las ya obtenidas son precisamente los que patean en contra.
Cuando conocí al que es mi marido hace ya casi 30 años, él trabajaba en una fábrica de artículos electrónicos en Lanús; donde quien fuera su supervisor también lo había sido de José Ignacio Rucci. Las cosas que comentaba sobre el otrora líder sindical, no lo dejaban muy bien parado. Frases como "Nunca lo pude hacer agarrar un soldador" o "Negociaba las huelgas cuando le convenía a la empresa" hasta "Después de reunirse con los jefes, salía con el televisor más grande que había en la fábrica por la salida donde lo veían todos los empleados" resonaron en mi cabeza cuando ví "Los Traidores". Ese tipo de sindicalistas no son los que trabajan por "los compañeros trabajadores". Es cierto que en todas las áreas de la vida existen personas que cumplen estoicamente con sus tareas y deberes y que no deberíamos fijarnos sólo en aquellos ejemplos negativos. Sin embargo, siempre fui de la idea de que aquellos que tienen una responsabilidad frente a otros, llámense docentes, médicos, policías, sacerdotes o sindicalistas deben tener mayor cuidado con sus acciones porque no solo los representan a ellos sino a toda una comunidad: el docente que no enseña a sus alumnos, el médico que compró su título, el policía que vende droga, el sacerdote pedófilo o el sindicalista corrupto se transforman en "los docentes", "los médicos", "la policía", "la iglesia" o "los sindicatos".
La lucha por cualquier tipo de derechos: humanos, civiles, laborales necesita y exige de la participación de todos. Pero cuando uno no se siente representado por aquellos que deberían ser los portavoces de esa lucha, se hace muy difícil involucrarse.
Hace muchos años participé activamente en la Comisión Directiva de una Asociación Deportiva. Había muchas cosas con las que no estaba de acuerdo sobre todo en lo referente a las formas de tratar a la gente y el manejo de los recursos. Me dije que la única manera de cambiar las cosas era desde adentro, quedándome y participando. Lo hice durante 23 años, hasta que me di cuenta de que por cuidar a los demás, estaba descuidando a mi familia: mis hijas se sentían expuestas, mis hijos y mi marido ya habían abandonado la actividad. Ese día presenté la renuncia. Cuando algo está podrido desde adentro, se hace muy difícil de cambiar.
No creo que sea un problema exclusivo de los sindicatos o de la política. Creo que es un problema inherente a la condición humana. No sé cómo solucionarlo o si tiene solución. Algunos dirán que la única solución es quedarse y lucharla desde adentro. Yo ya no estoy tan segura.
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